LAS TRES HERMANAS

Teatro ruso por excelencia, magníficos actores rusos que declaman sin parar de llorar o cantar borrachos, en una escena inmensamente fría y triste, la tristeza que transmiten las tres hermanas que no pueden escapar, y que sufren la injusticia de depender del hermano varón que hereda la casa familiar.

LAS TRES HERMANAS

De Antón Chéjov, interpretado en ruso por 14 magníficos actores y actrices rusos.
Dirección Declan Donnellan
Escenografía Nick Ormerod.
Una co-producción de varios festivales internacionales: Chejov de Moscú, Les Gemeaux de Paris, La Filature de Mulhouse, junto a Check by Jowl de Londres.
Centro Dramático Nacional, teatro Valle Inclán (Lavapiés), 1 de noviembre de 2012.

El médico y escritor Chejov (1860-1904) desmenuza el alma humana en sus obras y en sus cuentos, en los que nadie es del todo bueno o malo. Chejov nos convierte a todos en personajes dignos de lástima, encadenados a pasiones innatas o aprendidas.

En este caso son tres hermanas que viven en la casa familiar, heredada en exclusiva por el abúlico hermano varón, casado con una lagarta que les amarga la existencia. Ansían vivir en la ciudad, en Moscú, pero la realidad económica las encadena a la aldea. Un regimiento de soldados se instala en el pueblo por unos años; cuando se marchan ellas siguen donde estaban, cada vez más viejas: Olga la maestra, Masha la malcasada, Irina la jóven soñadora.

Chejov pudo disfrutar creando su teatro naturalista porque Stanislavski conseguía una atmósfera real en el escenario, una verdad de sentimientos y acciones que el espectador comparte con los actores. Uno de los actores que trabajaba con Stanislavski se convirtió en maestro y director de escena: Vajtangov, un sabio que llegó a anciano sobre las tablas y que incorporó la fusión del simbolismo estético y de la interpretación realista en la misma función teatral. Vajtangov hacía bailar a los actores durante horas hasta conseguir el agotamiento embriagado de una Boda delirante (también de Chejov).

Ahora encargan a un director inglés, famoso por sus puestas en escena de Shakespeare, llenas de emociones atropelladas y una exigencia artística increíble en los actores (cantan bailan emocionan aman lloran y se pelean en dos metros cuadrados, como vimos en Lástima que sea una puta de Ford, Matadero-Madrid en abril), para montar Chejov con actores rusos. Donnellan ha dirigido como si fuera el mismo Vajtangov, haciendo  a los actores conscientes de lo grotesco de un crimen pasional, mientras gimen y se retuercen de rabia sin poderlo mitigar.

El espacio inmenso, de Ormerod (colaborador permanente de Donnellan), es casona-salón de baile-comedor-dormitorio, y los actores lo transforman con naturalidad, como quien prepara la mesa para la celebración familiar. El movimiento es permanente y las acciones suficientemente visibles en el espacio. Lo más impresionante es el trabajo actoral que permite la poesía de los grandes sentimientos imbricados en la mezquina vulgaridad de la vida, sin transiciones, en un contínuo movimiento que no alejaba la sensación de frialdad, de soledad, y de tristeza.

La iluminación, magnífica elaboración de luces y penumbras, nos permite ver a personajes que no entran ni salen, deambulan: viejos criados, padre de familia jugador, hombre joven retraído que oculta una gran agresividad, maridos infieles, enamorados acomplejados, etc. Y en cuanto a las mujeres, emociones ocultas. Una enorme tristeza rusa.

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