ALEMANIA

Texto premiado que habla de la arquitectura y de la crisis (de nuestra crisis), que enfrenta a una mujer joven con un varón poderoso y acabado (en su oficio al menos), lejos de responder a la expectativa se convierte en un drama plano reiterativo y relleno de fantasmas del autor; los profesionales de la escena ponen color muy meritoriamente. En el estreno todos se agradecían mutuamente los cariños prestados.

ALEMANIA, de Ignacio Amestoy.

Actúan Juan Calot y Olalla Escribano.
De la escenografía David de Loaysa, de la dirección Mariano de Paco.
Se estrenó en Palencia, donde había recibido un premio, y ahora en Madrid, a cargo del Festival de Otoño en Primavera.
Teatro dela Abadía, 30 de mayo de 2012.
 

Una mujer arquitecta lleva conviviendo con su profesor y mentor varios años. En el mismo día en que recibe un premio fundamental por un proyecto suyo, decide dejarle y abandonar España para volver a Alemania, donde se crió. El motivo: el arquitecto la ha engañado y ha utilizado su proyecto para hacerse valer personalmente; El hombre no tiene ideas y la mujer es brillante; El hombre tiene contactos y los hace valer en un entorno poco ético; La mujer tiene ética y se marcha. En el momento del abandono los fantasmas de uno y de otro llenan el estudio de arquitectura.

Los fantasmas: ella es nieta de un albañil español emigrado a Alemania en tiempos de Franco (al que odiaba activamente, cuando el dictador venía a inaugurar un pantano en el que él trabajaba, el albañil pasaba a Portugal); él es hijo de un arquitecto notable (instalado en el Régimen) y esposo de otra arquitecta a la que abandonó y con la que sigue compitiendo. Parece ser que el hijo pudo haber matado al padre (cuando la madre abandonó a ambos), y que su esposa lo abandonara a él, por lo que el hombre está comido por los remordimientos y el rencor. Ah, se me olvidaba, ella está embarazada, de él claro.

Perdón por trazar este cuadro tan melodramático. Pero es que la trama destaca estos elementos, y no otros como podría ser la arquitectura vista por una joven diseñadora, el mundo académico alejado de la realidad, un debate entre arquitectura espectáculo y soluciones (diseño) para el confort de los ciudadanos, etc. El mundo de los símbolos llena las palabras de los protagonistas, impidiéndoles sentir lo que les mueve en la vida. Alemania y España no son ajenos a este concepto, y evidentemente Amestoy comulga con esa germanofilia que tantas guerras personales le ha ocasionado en su teatro.

El drama es plano, en la primera escena sabemos lo que pasa y que se resuelve en la última, sin apenas variación. ¿Qué hay en medio?: una sucesión de cuentos del pasado, del pasado de ambas víctimas de la historia (una más víctima que la otra, aunque el autor no parece sentirlo así), tan simbólicos y herméticos que lastran la escena hasta el sopor. Los planos temporales saltan una y otra vez sin aportarnos más que filias y fobias heredadas por cada uno de ellos.

Ignacio Amestoy repite las claves de su obra dramática: la mujer toma decisiones, hay un trasfondo trágico de muerte y asesinato (domador de elefantes, padre arquitecto), y busca el entronque de la historia con la actualidad. El débil se hace poderoso haciendo ver al fuerte dónde está su debilidad. Y la política está detrás, como un dolor de cabeza.

Pasemos al espectáculo. La escenografía es muy bella y sugerente, mezcla proyecciones sobre el mobiliario con vacíos incorpóreos de la luz, sobre un campo de tierra africana y mobiliario de diseño clásico (los 30 y los 50 del XX). Falla la dirección al no aprovechar estos elementos: los actores son ajenos por completo al espacio que pisan, y siguen a pies juntillas las acotaciones del autor, el vestuario es horrendo y no tiene nada que ver (teniendo una importancia capital en el diseño del personaje femenino). La dirección falla con el personaje femenino, plana y monocorde, muy poco alemana y muy poco arquitecta. Pero todos hacen un esfuerzo notable para levantar un texto que no necesita actores, se basta con los homenajes y alusiones a la historia.

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