DE RATONES Y HOMBRES

Una tragedia de contenido social y político histórico (New Deal de EEUU), cuyo mejor intérprete es Roberto Alamo (Urtain) que españoliza muy bien el trabajo que hizo Malkovich en cine en 1992. Miguel del Arco, el director, la presenta como un poderoso paralelismo con la España de hoy, y es precisamente donde falla. El espectáculo del Español es un thriller obsoleto por excesivamente localista y alejado de nuestra realidad.

DE RATONES Y HOMBRES                                                                                                          De John Steinbeck.                                                                                                                    Puesta en escena de Miguel del Arco.                                                                                    Actúan: Roberto Álamo, Fernando Cayo, Antonio Canal, Emilio Buale, Josean Bengoetxea, Rafael Martín, Eduardo Velasco, Diego Toucedo, Alberto Iglesias e Irene Escolar.                  Escenografía: Eduardo Moreno.                                                                                   Iluminación: Juanjo Llorens.                                                                                                           El vestuario de la chica es de Modesto Lomba.                                                              Producción de Concha Busto con los teatros municipales de Bilbao, Valladolid y Las Palmas y el Teatro Español de Madrid.                                                                                                       El Español, del 12 de abril al 27 de mayo de 2012.

John Steinbeck (1902-1968) es famoso por ser guionista de Las Uvas de la Ira y Al Este del Edén. Escribió Of Mice and Men (De ratones y hombres) en 1937, cuando ya empezaban a remitir los efectos más dramáticos de la Gran Depresión norteamericana, cuando el New Deal (Nuevo Trato) del Presidente Roosevelt había compensado la debacle financiera con la inversión pública y las empresas estatales (incluidos los teatros y las artes). El New Deal supuso por primera vez en EEUU la aparición de jubilaciones para los ancianos mayores de 65 años, la protección social de los niños huérfanos, etc. Se llamó Ley de la Seguridad Social (Social Security Act, 1935).

 De todo esto habla la obra de Steinbeck, una denuncia de la miseria y la esclavitud (bastante peor que los esclavos romanos) en la que vivían millones de norteamericanos desposeídos de todo (Recuerdo aquellas fotos tan impactantes de Florence Owens). En la obra se habla de viejos que mueren miserables, de las nuevas cartillas de trabajadores proporcionadas por el Estado (que subvenciona el empleo agrario), de ahorros ocultos que no sirven para casi nada, de la vida “sin techo” de hombres que vagan buscando trabajo por comida, de la deshumanización de los débiles, que no tienen derecho a vivir en un mundo proletarizado (de personas sin propiedades).

Todo el programa social del New Deal tiene cabida en las obras de Steinbeck: Las uvas de la Ira retratan la misma situación desde el ámbito de las familias, la familia protege y estructura económicamente a las personas, aunque tengan que pelear por la comida. En el caso de Ratones, el interés social del texto trata la defensa de derechos individuales, de cobertura de mínimos económicos para los más desfavorecidos (¿porqué no diremos “pobres”?), y para los desvalidos.

 De Ratones y Hombres cuenta la historia de dos hombres maduros, un bonachón idealista y un gigante discapacitado intelectual (en castellano la palabra es imbécil, que ha derivado insulto, por eso no la utilizamos). Su relación está basada en la lealtad mutua y en el cariño. La ternura con la que el bonachón protege al grandullón es propia del ámbito familiar, en realidad podrían haber sido dos hermanos huérfanos, pero no lo son, porque no corresponde al interés del autor. Buscan trabajo (cama, rancho y un jornal), y lo encuentran en un rancho con malas compañías. El grandullón tiene una fuerza bruta descontrolada y la peripecia termina en tragedia.

El espectáculo está bien realizado, con pequeños elementos que componen ambientes, con sabor alemán y agilidad anglosajona. El elemento escénico más espectacular, la huída, juega con la luz y las cintas transportadoras sobre un fondo cinematográfico muy norteamericano de viento de tormenta en blanco y negro.

 Las interpretaciones son muy irregulares, muy buenas las de los personajes buenos: al espectáculo que ofrece Roberto Álamo en el papel de grandullón discapacitado, se añade el “hombre bueno” que hace Fernando Cayo, demasiado urbano, el viejo excelente Antonio Canal, y el negro martirizado Emilio Buale (un guapo que trabajó muy bien en Razas, y Goya con la película Bwana).

La producción pretende recuperar un buen texto que trata las injusticias sociales producto de los desmanes financieros (Gran Depresión), para un espectáculo con fuerza y actualidad en nuestro país. A mí no me ha gustado, y creo que falla la visión del director, que se esfuerza en explicar la trama como si fuera un cómic o una aventura de terror. Creo que se ha obnubilado con el personaje que interpreta Roberto Álamo. Pone tanto énfasis en la historieta que terminamos comprendiendo y en cierta medida justificando que le peguen un tiro al discapacitado (el actor hace un trabajo excelente y divertido, cosa rara en una tragedia).

El espectáculo se aleja tanto del origen y fondo de la tragedia, como se aleja también de nuestra realidad. Y no solamente nos aleja de la realidad que nos envuelve (considerar innecesarios los servicios sociales que no son económicamente rentables), sino de nuestra propia referencia cultural y social: no hay que viajar mucho para encontrar a Miguel Delibes, los marginados de España y las vidas de miseria.

Miguel del Arco ha dirigido un thriller, en el que el desenlace trágico es ya inevitable desde el principio. Se ha olvidado del lirismo de la utopía, de las aspiraciones de unos personajes impotentes y bondadosos. Con este espectáculo comprendemos la inevitabilidad del ajuste (perdón, del ajusticiamiento), como única salida para el protagonista, pero lo cierto es que no nos conmueve. Porque no nos ha conmovido en ningún momento. ¿Por qué nos conmueve tan profundamente Los Santos Inocentes aún hoy? Esta pregunta debiera hacérsela el director.

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