COMO SI FUERA ESTA NOCHE

COMO SI FUERA ESTA NOCHE, una tragedia moderna tratada con tanto amor que lo convierte en espectáculo entrañable, el espectador se queda con ganas de más. Dos hermanas excelentes actrices son un placer visual. Muy recomendable. Buen trabajo de la compañía Martes, dirigida por Manuel Galiana. En el Teatro La Grada de la calle Ercilla, hasta el 22 de abril.

 COMO SI FUERA ESTA NOCHE

De Gracia Morales

Compañía Martes Teatro

Directores de escena Manuel Galiana y Oscar Olmeda.

Actúan Julia Sanz y Susana Sanz.

 Lo que más llama la atención al comenzar el espectáculo es el cuento entrañable, la vivencia compartida: una madre cose botones inquieta por lo que espera que llegue de la calle. El elemento teatral, la tragedia, la espera detrás de la puerta. En la tragedia clásica el protagonista se enfrenta a su destino, que conlleva la muerte, y lo hace con determinación y con ansia de saber. En este caso, la madre hace todo lo posible por ocultar el trágico destino de su matrimonio, tanto que a la hija se le hace difícil adivinar en su recuerdo cual era el sentimiento de su madre.

La hija rebusca en su recuerdo veinte años después. Está embarazada y va a darle la noticia al padre de la criatura. Pero en el momento de hacerlo, añora tanto tener una madre con la que compartir la inquietud, que revive la última noche que pasó junto a ella. Poco a poco se ensombrece el relato, porque esa misma noche recordada, después de una angustia creciente en la que descubrimos los malos tratos continuados, el padre asesinó a golpes a la madre.

 En un doble escenario, un saloncito moderno y su réplica de los años sesenta, unos pocos muebles y objetos, los justos. La hija y la madre ensoñada comparten alguna acción común (doblan una sábana, anotan la compra). Se suceden los parlamentos de una y de otra, escuchándose, interpelándose. Pero la inquietud del pasado tiene una larga sombra sobre la hija, que teme introducirse en el espacio de la madre, como temió en su niñez ser consciente de la violencia que ejercía el padre.

 Lo mejor del espectáculo es sin duda la ternura que rezuma un trabajo actoral naturalista y contenido. Las dos hermanas Sanz que interpretan a la madre y a la hija realizan un trabajo escénico que tiene momentos hipnóticos, ¡se parecen tanto que es un placer verlas actuando!

 También aparece en el texto una añoranza del padre que jugaba y que quería a su hija. Quizá la autora remarca esta ambigüedad para provocar un cierto debate en el espectador: si la hija no condena a la madre por callar y ocultar su vergonzante sufrimiento, ¿debe condenar al padre también en su recuerdo? Una espectadora comentaba que en dos casos cercanos a ella de malos tratos, jamás se diluye el odio hacia ese hombre que privó a la hija de su madre. En mi opinión, el texto suaviza excesivamente el recuerdo de la hija; la tragedia le afecta de lleno, condiciona su maternidad, y debe ser duro decirle al padre de tu hija que el tuyo mató a tu madre.

Los dos hombres que firman la dirección (Galiana y Olmeda), han preferido subrayar la tragedia del pasado y soslayar el drama psicológico del presente. Pero el texto ya lo había sentenciado así, edulcorando lo que sabemos es mucho más amargo, el sabor de la vida. No han pasado ni diez años en los que se combate activamente la violencia de género, y nos parecen cuarenta. Pobrecitas mujeres de nuestro pasado, que son nuestras madres y nuestros padres, no lo debemos olvidar tan pronto.

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