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Un texto teatral a la antigua, una comedia de suspense onírico defendida con bravura por Manuel Galiana, un entrañable José Carabias y una tierna Ana María Barbany, pero mal dirigida por la viuda del autor, Adolfo Marsillach, que plancha la ironía y comicidad de un divertimento dramático con la pretensión de un drama trascendental.

Efemérides: 20 aniversario de la escritura del texto, 10º aniversario de la muerte de Adolfo Marsillach (actor, escritor, director), una personalidad fundamental en la recuperación del teatro público en democracia (Funda el Centro Dramático Nacional y la Compañía Nacional de Teatro Clásico con Jose Manuel Garrido), figura referencial del cine y la televisión de la Transición. Marsillach era un especialista en la ironía como escape a la censura clerical, un Moliére de la televisión franquista que trataba con diversión el hastío matrimonial. También era muy aficionado a la intriga surrealista y a los saltos cronológicos (ahora estamos aquí, ahora en el recuerdo de mi niñez). Recuerdo montajes del Clásico con tramas complicadas en diferentes planos cronológicos. Definir a Marsillach es difícil: una especia de Woody Allen, sobrino de Jardiel Poncela y de Miguel Mihura, siempre en entornos burgueses (perdón, clase urbana medio-alta) llenos de optimismo.

El texto que se estrena ahora es un divertimento dramático sobre la desaparición de uno mismo, qué ocurre inmediatamente después de que uno muera. Y eso ocurre en las mismas narices de supuesto muerto: vienen a comprar el piso, la mudanza se lleva los muebles, la funeraria quiere cobrar el entierro. ¿Y qué hace el interfecto? No se lo voy a contar. Pero esto, para cualquiera, es una situación cómica, porque el interfecto nos habla (podría hablarnos tranquilamente, como si fuera el mismo Marsillach, es una idea estupenda que no han sabido usar), y si él nos habla a los espectadores, es pura alegría.

Las siguientes situaciones corresponden a las otras posibilidades de la muerte de uno mismo: que la viuda amante no quisiera aceptarlo (y ahí ven ustedes al de la funeraria, a la del piso, a los de la mudanza, todos empeñados en matar para seguir adelante). Llegamos así a una resolución posible: conocemos el trágico final, pero nos aferramos a la vida con una resistencia que resulta cómica. Y aquí sí está el mérito de Adolfo Marsillach, reírse de su propia desaparición como de alguien que vive solamente para sacar a pasear al perro. No hay grandeza, no hay orgullo, solo un hombre querido y amante de su esposa que no acepta que se acaba. El viaje, la enfermedad, la puerta, son todos los elementos simbólicos que rodean el divertimento dramático.

Permítanme una digresión sobre el edificio. En plena plaza de Lavapiés (idiomas, colores, corralas) el Teatro Valle Inclán es un edificio triste e insípido, sin aportación de nada a un paisaje urbano tan poderoso (Por favor, una intervención de color y texturas en la fachada, algo que nos alegre verlo). En la sala Francisco Nieva el escenario está bajo, los actores nos ven cuando miran al frente, yo diría que los actores están a los pies de los caballos (nosotros); estas salas modernas no mantienen la distancia de los teatros, con el escenario a metro y medio de altura, por encima de las miradas espectadoras. No hay distancia y no hay cuarta pared (imaginaria). Así que el espacio condiciona el lenguaje, y es muy difícil mantener los conceptos antiguos de convención teatral si el espacio propone otra cosa. Y estoy seguro de que Marsillach lo hubiera pillado.

Muchos elementos de la puesta en escena son contradictorios: estábamos en 1992 (teléfono, líneas aéreas), pero el vestuario era de 2012. En mitad de unos parlamentos alargados excesivamente no suena ningún móvil, nadie tiene prisa, es una ciudad pequeña pero todo indica que es Madrid. Los juegos de luces sobre unas paredes blanqueadas son modernos. Por el contrario, hay un personaje que simboliza el futuro, o la muerte, actúa de un modo hierático y no natural: ¿Por qué no es más alegre, más de la época? ¿Quiere simbolizar la muerte, el más allá? Estos simbolismos trascendentes no eran necesarios, traicionan el espíritu del autor, que expresa claramente que las cosas materiales no importan, solo importa lo que amamos y lo que hacemos en este mundo. Y atreverse a hablar sinceramente de la muerte de uno está bien. Las santificaciones y responsos desnaturalizados no le gustaban a Marsillach. El ataud que contenía su cuerpo fue visitado en el escenario de un teatro.

De todos modos, es un gusto ver y oír a Manuel Galiana, a ese cómico de siempre José Carabias, a los estupendos Oscar Olmeda y Kilo Sanchez, a Ana María Barbany y a Mónica Aragón. Me pareció muy buena la escenografía y la pintura del templo de Debod que realiza Javier Aóiz.

Todo esto es una opinión. Vayan a ver la obra, es muy digna e interesante. Un abrazo, Jon Sarasti, 21 de marzo de 2012, primer día de primavera.

EXTRAÑO ANUNCIO
De Adolfo Marsillach.
Dirección Mercedes Lezcano.
Actúan: Manuel Galiana, José Carabias, Mónica Aragón, Oscar Olmeda, Kiko Sánchez, Ana María Barbany.
Escenografía: Javier Aóiz.
Centro Dramático Nacional, Teatro Valle Inclán, Lavapiés, Madrid.
Del 16 de marzo al 29 de abril de 2012

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Acerca de jonsarasti

Después de años dedicado a la enseñanza y a crear espectáculos didácticos, ahora escribo y dirijo lo que me emociona y lo que es urgente. Este blog ha estado activo durante unos años, lo abandoné para no criticar inútilmente, ahora lo retomo para mi contento. Espero que os sirva.
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Una respuesta a EXTRAÑO ANUNCIO

  1. Feli dijo:

    Jon qué bueno!! Da gusto leerte, gracias por ofrecernos una visión tan ámplia y tan “ancha”.

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